Hay sonidos que no necesitan fecha
Escuchas un bajo electrónico. Una batería gigantesca. Un pad flotando detrás de una melodía. Un arpegio que parece anunciar la llegada de un deportivo bajo las luces de neón.
Y tu cerebro responde inmediatamente: años 80.
Da igual que la canción haya sido publicada en 1984 o la semana pasada. Hay algo en ese sonido que reconocemos al instante.
Pero aquella identidad musical no apareció por casualidad. Detrás estaban unas máquinas llenas de botones, cables, circuitos y pequeñas pantallas que cambiaron para siempre la forma de hacer música.
Prophet-5. Jupiter-8. Juno-106. Oberheim OB-Xa. Yamaha DX7. Fairlight CMI.
Sintetizadores que costaban auténticas fortunas, ocupaban medio estudio y, en algunos casos, tenían menos memoria que cualquier electrodoméstico moderno.
Pero consiguieron algo extraordinario: hicieron sonar el futuro. Y cuarenta años después seguimos intentando recrearlo.
Antes de los 80, el sintetizador era casi una nave espacial
Los sintetizadores no nacieron en los años ochenta. Durante los 60 y 70 ya existían máquinas legendarias fabricadas por compañías como Moog, ARP, Roland u Oberheim.
El problema era que muchas eran caras, enormes y relativamente complicadas de utilizar. Los primeros sintetizadores modulares podían requerir conectar físicamente diferentes componentes mediante cables para construir un sonido.
Para un músico aquello podía parecer menos un instrumento y más intentar reparar el reactor de una central nuclear.
Además, muchos sintetizadores tempranos eran monofónicos: una nota cada vez. Perfecto para solos y bajos. Algo menos práctico si querías tocar acordes.
Durante la segunda mitad de los años setenta comenzaron a ser más manejables, más estables, más musicales y, sobre todo, polifónicos. La revolución estaba preparada.
Prophet-5: guardar un sonido cambió las reglas
En 1978 apareció una máquina que adelantó buena parte de lo que ocurriría durante la década siguiente: el Sequential Circuits Prophet-5.
Era polifónico. Tenía cinco voces. Sonaba enorme. Pero escondía una característica que hoy parece completamente normal y entonces resultaba revolucionaria: podías guardar sonidos.
Hasta ese momento, conseguir determinado sonido podía implicar colocar manualmente numerosos controles en posiciones concretas. Si encontrabas algo espectacular, más te valía recordar dónde estaba cada botón. O hacer una fotografía. O no tocar absolutamente nada durante el resto de tu vida.
El Prophet-5 introdujo memoria para almacenar presets. De repente un músico podía recuperar sus sonidos. Aquello transformó el sintetizador en un instrumento mucho más práctico para estudio y directo.
Su sonido aparecería en innumerables producciones de pop, rock y música electrónica. También estableció una idea fundamental: el sintetizador ya no era un experimento. Era un instrumento protagonista.
Roland Jupiter-8: así sonaba el lujo
Si existiera un Ferrari Testarossa de los sintetizadores probablemente sería el Roland Jupiter-8.
Presentado en 1981, era grande, espectacular y caro. Y sonaba exactamente como parecía: enorme.
Sus ocho voces de polifonía permitían crear bajos, leads, pads, cuerdas sintéticas y sonidos amplios que terminaron formando parte del vocabulario musical de los primeros años ochenta.
El Jupiter-8 apareció asociado a artistas como Duran Duran, Queen, ABBA y Tears for Fears, entre muchos otros.
Su panel lleno de controles representa algo que hoy vuelve a fascinarnos: cada función estaba delante de ti. Girabas un control y el sonido cambiaba. Movías cuatro más sin saber exactamente qué estabas haciendo y, de repente, habías creado la banda sonora de una persecución futurista.
Hoy un Jupiter-8 original puede alcanzar precios absolutamente disparatados. Por suerte, gran parte de su sonido ha sido recreado mediante instrumentos modernos y software. Su ADN sigue muy vivo, especialmente dentro del Synthwave.
Oberheim OB-Xa: el sonido que llenaba estadios
Si el Jupiter representaba elegancia, Oberheim representaba tamaño. Sonoro, queremos decir. Aunque el sintetizador tampoco era precisamente pequeño.
El OB-Xa, lanzado en 1980, podía generar acordes enormes y sonidos cálidos que atravesaban cualquier mezcla.
Probablemente hayas escuchado su carácter más veces de las que imaginas. Uno de los ejemplos más famosos de la familia Oberheim está relacionado con Van Halen y el legendario comienzo de Jump.
Ese enorme acorde sintetizado resume buena parte de una época. Para muchos aficionados al rock, el sintetizador podía parecer algo reservado a músicos electrónicos. De repente estaba delante de una de las bandas más grandes del planeta.
Y no estaba escondido. Era el protagonista.
Roland Juno: el sintetizador del pueblo
El Jupiter-8 era fantástico. También costaba una pequeña fortuna. Roland necesitaba instrumentos más accesibles. Y ahí apareció la familia Juno: Juno-6, Juno-60 y posteriormente el Juno-106.
Eran sintetizadores relativamente sencillos comparados con algunas bestias de la época, pero tenían algo fundamental: sonaban increíblemente bien.
El Juno-106, presentado en 1984, se convirtió en uno de los sintetizadores más reconocibles de la década. Parte de su magia procedía de su famoso chorus.
Activarlo hacía que un sonido relativamente sencillo se volviera enorme, ancho y envolvente. Pads, bajos, acordes y cuerdas sintéticas parecían adquirir inmediatamente una dimensión diferente.
Ese carácter terminó convirtiéndose décadas después en uno de los sonidos favoritos de productores de Synthwave, Synthpop y música electrónica nostálgica.
Si alguna vez escuchas un pad enorme flotando detrás de una canción Synthwave, hay bastantes posibilidades de que alguien esté utilizando un Juno. O intentando desesperadamente sonar como uno.
Yamaha DX7: entonces llegó lo digital
Hasta aquí gran parte de nuestra historia había sido analógica: osciladores, filtros, circuitos y sonidos cálidos.
Y entonces Yamaha apareció y decidió cambiar las reglas. En 1983 lanzó el DX7. La música popular nunca volvió a sonar exactamente igual.
El DX7 utilizaba síntesis FM, una tecnología capaz de producir sonidos considerablemente diferentes a los sintetizadores analógicos tradicionales: pianos eléctricos, campanas, bajos, sonidos metálicos, percusiones y texturas brillantes.
El problema era programarlo. Su interfaz era bastante menos inmediata que la de los sintetizadores llenos de controles físicos. Crear sonidos desde cero podía convertirse en una experiencia espiritual. Principalmente porque después de dos horas empezabas a preguntarte quién eras y qué decisiones te habían llevado hasta allí.
Así que ocurrió algo muy humano: todo el mundo empezó a utilizar los presets. Algunos terminaron apareciendo en cientos de canciones.
El famoso piano eléctrico del DX7 se convirtió prácticamente en un sonido oficial de los años ochenta. Whitney Houston, Tina Turner, A-ha, Phil Collins, Dire Straits y una lista interminable de producciones utilizaron sonidos digitales que hoy reconocemos inmediatamente.
El futuro había cambiado. Ya no sonaba únicamente analógico. También sonaba cristalino, metálico y digital.
Fairlight CMI: el ordenador que costaba como una casa
Si realmente querías viajar al futuro necesitabas algo todavía más extremo: el Fairlight CMI.
No era simplemente un sintetizador. Era una estación de trabajo digital capaz de muestrear sonidos reales y utilizarlos musicalmente.
Hoy podemos grabar un sonido con el teléfono, modificarlo y convertirlo en un instrumento en cuestión de minutos. A comienzos de los años ochenta aquello parecía brujería.
El Fairlight permitía grabar sonidos y tocarlos desde un teclado. Una voz. Un golpe. Un cristal. Una orquesta. Prácticamente cualquier cosa podía transformarse en material musical.
Artistas como Peter Gabriel, Kate Bush, Jean-Michel Jarre y Art of Noise exploraron sus posibilidades. También popularizó sonidos omnipresentes durante aquella década, como el famoso golpe orquestal digital ORCH5.
Había un pequeño inconveniente: su precio. Dependiendo de la configuración y el momento, comprar uno podía costar decenas de miles de dólares. Era básicamente la forma musical de decir: “Sí, tenemos presupuesto.”
Synclavier: cuando un estudio parecía pertenecer a la NASA
Si el Fairlight era caro, el Synclavier decidió que aquello todavía podía complicarse más.
Este sistema digital combinaba síntesis, sampling y posteriormente capacidades avanzadas de producción. Fue utilizado por artistas y productores de primer nivel, entre ellos Michael Jackson, Frank Zappa y Sting.
Un sistema completo podía alcanzar precios reservados para grandes estudios y estrellas internacionales. Pero tanto el Fairlight como el Synclavier anticiparon algo fundamental: el futuro de la música estaría unido a los ordenadores.
Y acertaron. Muchísimo.
Roland SH-101: pequeño, sencillo y preparado para el futuro
No todos los sintetizadores importantes tenían que costar lo mismo que un coche. En 1982 Roland presentó el SH-101.
Monofónico. Compacto. Relativamente sencillo. Y disponible en varios colores. Era perfecto para bajos, secuencias y leads.
Durante los años posteriores terminaría siendo adoptado por músicos electrónicos y acabaría teniendo una enorme influencia en géneros que todavía estaban por aparecer: Techno, House, Acid, Electro y, décadas después, Synthwave.
El SH-101 demuestra algo importante. No necesitas cincuenta voces y un ordenador integrado para hacer historia. A veces basta con una máquina sencilla que haga unas pocas cosas extraordinariamente bien.
¿Y qué pasaba con las cajas de ritmos?
Los sintetizadores eran solamente una parte del sonido de los ochenta. La otra revolución estaba ocurriendo con las baterías.
Linn LM-1. LinnDrum. Roland TR-808. Roland TR-909.
Estas máquinas comenzaron a sustituir o complementar baterías acústicas. La LinnDrum terminó apareciendo en innumerables producciones pop y Prince llevó las cajas Linn hasta territorios absolutamente personales.
Mientras tanto, la TR-808, que inicialmente ni siquiera fue un gran éxito comercial, acabaría transformándose en una de las máquinas más influyentes de toda la historia de la música popular.
Su bombo profundo formaría parte del hip-hop, electro, techno, house y décadas después de prácticamente toda la música electrónica.
Pero esa historia merece su propio archivo. Porque si empezamos a hablar de la 808... no terminamos hoy.
1983: las máquinas aprendieron a hablar entre ellas
En mitad de toda esta revolución ocurrió algo menos espectacular visualmente pero absolutamente fundamental. Apareció MIDI: Musical Instrument Digital Interface.
Un estándar que permitía que instrumentos electrónicos de distintos fabricantes pudieran comunicarse. Un teclado podía controlar otro sintetizador. Una caja de ritmos podía sincronizarse con un secuenciador. Diferentes máquinas podían trabajar juntas.
Hoy parece normal. En 1983 era revolucionario.
Y lo más increíble es que MIDI sobrevivió durante décadas. En un mundo tecnológico donde un cargador parece quedarse obsoleto cada vez que compras un teléfono nuevo, músicos seguían conectando instrumentos modernos utilizando un protocolo nacido cuando El Equipo A estaba estrenándose en televisión.
Eso merece respeto.
Entonces... ¿por qué los 80 sonaban a los 80?
Porque ocurrió una tormenta perfecta. Los sintetizadores analógicos alcanzaron su madurez. Llegaron los primeros instrumentos digitales realmente populares. Las cajas de ritmos transformaron las baterías. El sampling permitió utilizar cualquier sonido imaginable. MIDI conectó las máquinas. Y los estudios comenzaron a utilizar nuevas técnicas de producción.
Todo ocurrió prácticamente al mismo tiempo. Los músicos tenían delante herramientas que ninguna generación anterior había podido utilizar.
Y naturalmente hicieron lo único razonable: abusaron de ellas sin ningún tipo de moderación.
Sintetizadores enormes. Baterías gigantescas. Reverb para llenar un estadio. Saxofones. Guitarras procesadas. Sonidos digitales. Más reverb. Otro sintetizador. Y probablemente un poco más de reverb por si todavía quedaba algún espacio libre.
Maravilloso.
Depeche Mode, New Order y la máquina como miembro del grupo
Los sintetizadores no solo cambiaron el sonido. También cambiaron la idea de lo que podía ser una banda.
Grupos como Depeche Mode, New Order, Pet Shop Boys, Eurythmics, Human League y Tears for Fears demostraron que las máquinas podían ocupar el centro de la composición.
Ya no eran únicamente decoración. El sintetizador podía llevar la melodía. El bajo podía ser electrónico. La batería podía ser programada. Una secuencia podía convertirse en el corazón completo de una canción.
Aquello abrió una puerta que nunca volvería a cerrarse.
Y décadas después apareció el Synthwave
Los años ochenta terminaron. Muchos de aquellos sintetizadores dejaron de fabricarse. Algunos incluso pasaron años siendo considerados tecnología antigua.
Hasta que una nueva generación comenzó a buscarlos. O, al menos, a buscar su sonido.
A mediados de los años 2000 productores comenzaron a recuperar deliberadamente sintetizadores analógicos, cajas de ritmos, arpegios y técnicas de producción inspiradas en aquella década. Había nacido el universo que hoy conocemos como Synthwave.
Artistas como Kavinsky, The Midnight, FM-84, Timecop1983, Gunship, Perturbator y Carpenter Brut utilizaron de distintas maneras ese lenguaje sonoro.
Algunos emplearon hardware. Otros software. Otros combinaron ambos mundos. Pero todos compartían algo: aquellas máquinas de los ochenta habían dejado un vocabulario.
Y cuarenta años después todavía podíamos hablarlo.
¿Qué es el Synthwave? Historia, origen y por qué sigue conquistando el mundo
¿Necesitas un sintetizador de 10.000 euros para hacer Synthwave?
Afortunadamente... no.
Actualmente prácticamente todos aquellos instrumentos han sido recreados de alguna manera mediante software, emulaciones modernas o nuevos sintetizadores.
Un productor puede trabajar desde un ordenador utilizando recreaciones de máquinas que en los años ochenta habrían costado más que su coche. Incluso existen instrumentos actuales diseñados deliberadamente para recuperar aquella forma inmediata de trabajar.
La tecnología ha cambiado. El sonido permanece.
Y quizá ahí esté lo verdaderamente interesante. Los músicos de los ochenta utilizaban aquellas máquinas porque representaban el futuro. Los productores de Synthwave las utilizan porque representan el pasado.
El mismo sonido. Dos nostalgias completamente diferentes.
Seis máquinas para entender los años 80
Si tuviéramos que resumir toda esta historia en seis instrumentos, elegiríamos estos:
| Máquina | Año | Qué aportó |
|---|---|---|
| Sequential Prophet-5 | 1978 | Polifonía y memoria de presets |
| Oberheim OB-Xa | 1980 | Sonido analógico enorme |
| Roland Jupiter-8 | 1981 | Polifonía, potencia y versatilidad |
| Fairlight CMI | 1979 | Sampling y producción digital |
| Yamaha DX7 | 1983 | La revolución de la síntesis digital FM |
| Roland Juno-106 | 1984 | Sonido analógico accesible y chorus legendario |
No fueron los únicos. Ni necesariamente los mejores. Pero juntos explican buena parte de la transformación sonora de aquella década.
¿Sabías que...?
El Prophet-5 ayudó a popularizar los presets
Poder guardar un sonido parece algo básico actualmente. A finales de los setenta fue una revolución.
El DX7 fue uno de los sintetizadores más vendidos de su época
Su combinación de precio, polifonía y nuevos sonidos digitales ayudó a convertirlo en una presencia constante durante los años ochenta.
El Juno-106 incorporó MIDI
Llegó en 1984, justo cuando el nuevo estándar comenzaba a transformar la forma de conectar instrumentos electrónicos.
La TR-808 fue inicialmente un fracaso relativo
Su sonido sintético no convenció a todo el mundo. Años después se convirtió en una de las máquinas más influyentes jamás fabricadas.
Muchos sonidos que asociamos con los 80 eran intentos de sonar futuristas
Esta es quizá la mayor ironía. Hoy utilizamos esos sonidos para mirar hacia atrás. Ellos los utilizaban para mirar hacia delante.
Preguntas frecuentes
¿Cuál fue el sintetizador más importante de los años 80?
No existe uno solo. El Prophet-5, Jupiter-8, Juno-106, Yamaha DX7 y Oberheim OB-Xa tuvieron papeles fundamentales en diferentes momentos y estilos.
¿Qué sintetizador produce el típico sonido de los 80?
Depende del sonido. Los pads analógicos suelen asociarse con instrumentos Roland, Sequential u Oberheim, mientras que los pianos eléctricos, campanas y sonidos digitales característicos de mediados de los ochenta están fuertemente asociados al Yamaha DX7.
¿Qué sintetizadores se utilizan en Synthwave?
Los productores modernos utilizan tanto sintetizadores analógicos como instrumentos digitales y software que emula equipos clásicos. Juno, Jupiter, Prophet y Oberheim siguen siendo referencias fundamentales.
¿Por qué el Yamaha DX7 fue tan importante?
Porque ayudó a popularizar la síntesis digital FM y ofrecía sonidos que los sintetizadores analógicos tradicionales no podían producir fácilmente.
¿Los sintetizadores antiguos son mejores que los modernos?
No necesariamente. Tienen características, limitaciones y circuitos que producen determinados sonidos muy apreciados, pero actualmente existen excelentes instrumentos y emulaciones capaces de recrear gran parte de ese carácter.
Las máquinas que fabricaron nuestros recuerdos
Un sintetizador es solamente una máquina. Circuitos. Teclas. Osciladores. Chips. Cables.
Pero pulsa determinadas teclas de un Juno. Abre el filtro de un Prophet. Escucha un pad de un Jupiter. O toca aquel piano eléctrico del DX7.
Y ocurre algo extraño. Aparecen imágenes. Una carretera. Un videoclub. Una ciudad nocturna. Una película. Una recreativa. Un futuro que alguien imaginó hace cuarenta años.
Quizá nunca tocamos aquellas máquinas. Quizá nunca pudimos permitirnos una. Quizá ni siquiera habíamos nacido cuando llegaron a las tiendas.
Pero llevamos toda la vida escuchándolas.
Porque aquellos músicos utilizaron sintetizadores para intentar descubrir cómo sonaría el futuro. Sin saber que estaban creando algo completamente diferente.
El sonido de una década.
Y cuarenta años después seguimos pulsando las mismas teclas intentando regresar a ella.
La señal sigue activa.
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